Estimado señor Director:
El intercambio de Manuel Lussich con el Ministro García (10 de setiembre 2009, en la Rural) me hizo acordar a un artículo reciente de Paul Krugman en el NYT donde explica por qué muchos observadores se equivocaron tan feo antes de la crisis internacional. La razón principal fue que la gente comparaba el precio de “este activo” con el de “aquél activo” y como habían evolucionado de modo parecido, concluía “ambos precios están bien”. Krugman compara eso con creer que si un litro de algo vale un peso y dos litros de eso mismo valen dos pesos, entonces ambos precios están bien.
El Ministro dice que como el euro sube contra el dólar, entonces está bien que suba el peso uruguayo. Ignora que el dólar está cayendo frente al euro porque la tasa de interés en EE.UU. está muy baja.
Los puntos que levantó Lussich –según la crónica del jueves de tardecita en El Observador- son correctísimos; el dólar baja en Uruguay porque aquí está alta la tasa de interés (y exactamente lo mismo pasa en Brasil) y es grande la venta de letras que “secan” el mercado de pesos.
Nuestras autoridades económicas creen que uno puede hacer cualquier manejo financiero que afecte la tasa de cambio con resultados inmediatos, sin darse cuenta que esos resultados inmediatos inducen cambios que masacran la economía real, que demora décadas en recuperarse.
Testigo principal: la industria destruida por años de atraso cambiario, defendido siempre con argumentos del tipo “las exportaciones no paran de crecer” (Astori), o “el tipo de cambio real no es afectado por el tipo de cambio nominal (Gil Díaz, Alfie, Lorenzo), o “esto es consecuencia de la evolución del cambio en Brasil” (Mosca), o “esto es consecuencia de la evolución del cambio en Argentina (Bensión).
Siempre hay una excusa para usar la baja del tipo de cambio para compensar alguna parte de la inflación generada por el exceso de gasto público. Y quien paga la cuenta es el sector que quiere producir transables no agropecuarios, y los trabajadores que antes trabajaban en ese sector y hoy manejan carritos por las calles de Montevideo.
Cordialmente
Jaime Mezzera
jueves, 10 de septiembre de 2009
viernes, 20 de febrero de 2009
Visiones sobre el futuro cercano
Jaime Mezzera
A cualquier lector le debe resultar difícil discernir la realidad sobre el futuro económico del Uruguay, porque se oyen versiones totalmente contradictorias. Si bien el gobierno ya dejó de lado aquello del “blindaje”, sigue diciendo que los efectos de la crisis no llegaron y, cuando lleguen, serán tenues. Entretanto, los blancos y colorados anuncian catástrofes.
Los que no estamos de un lado ni de otro del espectro político podemos intentar una lectura más racional..
Para predecir el Uruguay del 2009-2010 tenemos que ver con qué lo comparamos
Si es con 2001-2002, tiempos del quiebre del anterior intento de atraso cambiario rematado por los efectos del corralito argentino, claro que 2009 y 2010 pintan bien. No debemos temer quiebras bancarias, en buena parte porque ya no quedan bancos uruguayos y, hagamos lo que hagamos, la plaza uruguaya no hará tambalear a bancos brasileños, ni holandeses, ni estadounidenses. Y los tomadores de créditos uruguayos ya no son tan tontos como para volver a creer, tan pronto, en la cotización artificial del dólar que hubo en los 80 y de nuevo en los 90, y se repitió en el siglo XXI.
También son mejores nuestras perspectivas comparadas con Argentina: hace unos días el Economist en un artículo titulado “Beneficiándose de la virtud”, destacaba el acierto del gobierno anterior de negarse a declarar “default”. Es que los errores uruguayos y los argentinos normalmente mantienen la proporción de nuestras poblaciones: los nuestros son menos de un décimo de los de ellos.
Pero comparando el previsible Uruguay de 2009-2010 con el Chile del mismo año, vemos que un país serio inició la política anti cíclica en el momento debido, es decir cuando había bonanza que podía ser ahorrada, en vez de malgastarla en salarios y empleos públicos improductivos como se hizo aquí –y el carnaval pre electoral no es excusa porque la Presidenta socialista chilena cesa en su mandato antes que Vázquez. Como consecuencia, Chile está incrementando fuertemente su inversión pública, tanto directamente productiva como social y –al contrario de nuestro disparate del mes de enero- redujo la tasa de interés para facilitar el crédito y a la vez reducir el valor del peso chileno, favoreciendo las exportaciones.
Habrá fuerte caída si comparamos con 2008, porque los precios de nuestras exportaciones fueron los más altos de la historia y generaron una bonanza económica que, del punto de vista fiscal, permitió una fiesta de gasto pre electoral para 2009 que será el drama de quienquiera tome el bastón de mando en marzo de 2010.
Cabe comparar con el Uruguay de 2005-2006, un período externo positivo más razonable que la burbuja de 2007-2008, y los precios de nuestras exportaciones primarias serán parecidos a los del bienio recién nombrado. Infortunadamente, las demás áreas de la situación serán tan extremas para mal como las de 2007-2008 lo fueron para bien, tanto en el terreno del financiamiento externo –que será tan acotado que el gobierno ya recurrió a los organismos multilaterales- como el de las variables internas.
En 2005 salíamos del mejor año económico de la historia, con un crecimiento de 12 ciento apoyado en las exportaciones no agropecuarias generadas por la política cambiaria de 2002-2004. Pudimos haberlo mantenido porque los precios de nuestras exportaciones ya estaban subiendo, pero la reducción del cambio real hizo que se invirtieran los términos y pasaran a crecer más las actividades no transables –pequeño comercio, bares, mercerías, reparación de calzado, peluquerías…-, que son las que generan empleos de baja productividad y así inducen la emigración de los jóvenes a quienes no satisfacen los bajos salarios que en ellas pueden obtenerse.
El déficit fiscal era del orden del 1 por ciento del producto, guarismo semejante al de 2008 sólo porque ahora se maquillaron los resultados por vía de manipular los resultados de la ANCAP, del superávit del BSE y lo que aportó el BROU por IRAE más su aporte a la caja fiscal –que nunca antes se había contabilizado- así como de la Corporación Nacional para el Desarrollo.
No había elección por delante y por tanto no hubo el enorme aumento del gasto público que en 2009 se va a agregar al de 40 por ciento que, en números redondos, tuvimos en 2007-2008. Como gran parte de éste es improductivo pero genera demanda, es inflacionario y la única respuesta ha sido seguir reduciendo el tipo de cambio real mediante la emisión de instrumentos financieros –como las Letras de Regulación Monetaria- a tasas de interés muy altas, con lo que disminuye la demanda por divisas que hacen las entidades financieras.
Crecían el empleo genuino y los salarios reales. La conflictividad sindical era escasa comparada con la de 2008 y aún más con la previsible para 2009 y 2010.
Las perspectivas para 2009-2010 no son buenas aunque no sean catastróficas. El patriotismo consiste en tener esto claro y estar dispuesto a corregirlo, porque en gran parte provienen del pésimo manejo macroeconómico.
A cualquier lector le debe resultar difícil discernir la realidad sobre el futuro económico del Uruguay, porque se oyen versiones totalmente contradictorias. Si bien el gobierno ya dejó de lado aquello del “blindaje”, sigue diciendo que los efectos de la crisis no llegaron y, cuando lleguen, serán tenues. Entretanto, los blancos y colorados anuncian catástrofes.
Los que no estamos de un lado ni de otro del espectro político podemos intentar una lectura más racional..
Para predecir el Uruguay del 2009-2010 tenemos que ver con qué lo comparamos
Si es con 2001-2002, tiempos del quiebre del anterior intento de atraso cambiario rematado por los efectos del corralito argentino, claro que 2009 y 2010 pintan bien. No debemos temer quiebras bancarias, en buena parte porque ya no quedan bancos uruguayos y, hagamos lo que hagamos, la plaza uruguaya no hará tambalear a bancos brasileños, ni holandeses, ni estadounidenses. Y los tomadores de créditos uruguayos ya no son tan tontos como para volver a creer, tan pronto, en la cotización artificial del dólar que hubo en los 80 y de nuevo en los 90, y se repitió en el siglo XXI.
También son mejores nuestras perspectivas comparadas con Argentina: hace unos días el Economist en un artículo titulado “Beneficiándose de la virtud”, destacaba el acierto del gobierno anterior de negarse a declarar “default”. Es que los errores uruguayos y los argentinos normalmente mantienen la proporción de nuestras poblaciones: los nuestros son menos de un décimo de los de ellos.
Pero comparando el previsible Uruguay de 2009-2010 con el Chile del mismo año, vemos que un país serio inició la política anti cíclica en el momento debido, es decir cuando había bonanza que podía ser ahorrada, en vez de malgastarla en salarios y empleos públicos improductivos como se hizo aquí –y el carnaval pre electoral no es excusa porque la Presidenta socialista chilena cesa en su mandato antes que Vázquez. Como consecuencia, Chile está incrementando fuertemente su inversión pública, tanto directamente productiva como social y –al contrario de nuestro disparate del mes de enero- redujo la tasa de interés para facilitar el crédito y a la vez reducir el valor del peso chileno, favoreciendo las exportaciones.
Habrá fuerte caída si comparamos con 2008, porque los precios de nuestras exportaciones fueron los más altos de la historia y generaron una bonanza económica que, del punto de vista fiscal, permitió una fiesta de gasto pre electoral para 2009 que será el drama de quienquiera tome el bastón de mando en marzo de 2010.
Cabe comparar con el Uruguay de 2005-2006, un período externo positivo más razonable que la burbuja de 2007-2008, y los precios de nuestras exportaciones primarias serán parecidos a los del bienio recién nombrado. Infortunadamente, las demás áreas de la situación serán tan extremas para mal como las de 2007-2008 lo fueron para bien, tanto en el terreno del financiamiento externo –que será tan acotado que el gobierno ya recurrió a los organismos multilaterales- como el de las variables internas.
En 2005 salíamos del mejor año económico de la historia, con un crecimiento de 12 ciento apoyado en las exportaciones no agropecuarias generadas por la política cambiaria de 2002-2004. Pudimos haberlo mantenido porque los precios de nuestras exportaciones ya estaban subiendo, pero la reducción del cambio real hizo que se invirtieran los términos y pasaran a crecer más las actividades no transables –pequeño comercio, bares, mercerías, reparación de calzado, peluquerías…-, que son las que generan empleos de baja productividad y así inducen la emigración de los jóvenes a quienes no satisfacen los bajos salarios que en ellas pueden obtenerse.
El déficit fiscal era del orden del 1 por ciento del producto, guarismo semejante al de 2008 sólo porque ahora se maquillaron los resultados por vía de manipular los resultados de la ANCAP, del superávit del BSE y lo que aportó el BROU por IRAE más su aporte a la caja fiscal –que nunca antes se había contabilizado- así como de la Corporación Nacional para el Desarrollo.
No había elección por delante y por tanto no hubo el enorme aumento del gasto público que en 2009 se va a agregar al de 40 por ciento que, en números redondos, tuvimos en 2007-2008. Como gran parte de éste es improductivo pero genera demanda, es inflacionario y la única respuesta ha sido seguir reduciendo el tipo de cambio real mediante la emisión de instrumentos financieros –como las Letras de Regulación Monetaria- a tasas de interés muy altas, con lo que disminuye la demanda por divisas que hacen las entidades financieras.
Crecían el empleo genuino y los salarios reales. La conflictividad sindical era escasa comparada con la de 2008 y aún más con la previsible para 2009 y 2010.
Las perspectivas para 2009-2010 no son buenas aunque no sean catastróficas. El patriotismo consiste en tener esto claro y estar dispuesto a corregirlo, porque en gran parte provienen del pésimo manejo macroeconómico.
miércoles, 11 de febrero de 2009
Parece de ficción
Uno de los fenómenos de la política uruguaya que me resultan más incomprensibles es esa admiración, rayana en el fervor religioso, que concita la gestión presidencial de Tabaré Vázquez –en efecto, “Misterios de un liderazgo”.
Acepto que sea buen médico, por más que tal extremo no esté demostrado por una larga y exitosa carrera como profesional independiente, ya que es bien sabido que a los dueños de cualquier empresa no se les evalúa la idoneidad. En efecto, aunque parezca extraño en un médico de origen humilde, en medio de su labor profesional Vázquez se hizo propietario de una empresa médica que históricamente era la número dos en el rubro de la radiología oncológica en el país.
Y sin duda es un habilísimo político que, hasta el surgimiento de un Mujica candidato, había logrado manejar magistralmente una coalición prácticamente inmanejable tanto por lo heterogénea como por la irracionalidad que implica su acendrado ideologismo.
Pero su gestión presidencial se destaca principalmente por el “dejar hacer” a sus subordinados y por un conjunto de desvíos de poder y pifias que a cualquier otro político habrían destruido.
Incluso antes de la elección de 2004 fue a Buenos Aires a pedir, para ganar esa elección, que un par de argentinos se inmiscuyeran en asuntos nuestros –una clara violación del principio de no intervención- de resultas de lo cual Kirchner les dio asueto a los “yorugas”-así nos llama- para que vinieran a votar y López Mena los trajo a precio de liquidación. Así, Vázquez ganó en primera vuelta por un margen menor que el número de compatriotas que viajaron especialmente a votarlo. Dice Kirchner que en esa oportunidad Vázquez le prometió asociarse a su venganza contra Botnia; pero aunque así no hubiera sido, el jefe de un partido que durante toda su campaña gritó “las papeleras, no!” no necesitaba decirlo para que el interlocutor lo creyera.
Obtenida la banda presidencial, todo empezó con aquel ataque al competidor directo de su empresa; si esto lo hubiera hecho, por ejemplo, Lacalle, te imaginas, lector, lo que se habría dicho de su honestidad?
Siguió con aquella discusión con Gargano sobre el TLC con EE.UU. donde el subordinado se la ganó, por paliza, al jefe. Te imaginas, lector, lo que se habría dicho de un Sanguinetti en un caso parecido?
Un día se le antojó prohibir que un tercio de los uruguayos hiciera lo que, en los términos del artículo 7 de la Constitución “la Ley no prohíbe”; y lo hizo por decreto, que es exactamente lo que sí prohíbe dicho artículo 7, que exige ley para coartar los derechos de cualquiera. Fue una violación constitucional, tanto como lo habría sido un decreto que prohibiera la asistencia al Estadio a los hinchas de Peñarol argumentando la necesidad de proteger los derechos de un hincha de Cerro asesinado a puñaladas.
Hace unos meses, anunció, desde el exterior, que en la plataforma continental uruguaya se había descubierto petróleo a una profundidad de 600 metros. Al día siguiente tuvo que salir el jerarca administrativo correspondiente a corregir que no había descubrimiento sino indicios, y que a la presidencial profundidad le faltaba nada menos que un cero –a la derecha. Te imaginas, lector, el escándalo si esto lo hubiera hecho, en una capital extranjera, un Jorge Batlle?
No mucho tiempo después anunció que Uruguay podía tener un reactor nuclear funcionando en un plazo de cuatro años. Al día siguiente supimos, de boca de un subordinado suyo que entiende del tema, que no eran cuatro los años sino quince y que la demanda eléctrica del país de hecho sólo haría rentable un tal proyecto si le vendiéramos energía a los vecinos que hoy nos la venden a nosotros. Te imaginas, lector…?
Y la última, al menos hasta ahora, fue el anuncio de estos días según el cual “su gobierno presentará una propuesta de reformulación del modelo de producción agropecuario para atender los efectos del cambio climático en el territorio nacional, que afronta una sequía grave.” Consultado el Ministerio respectivo, declaró su ignorancia del tema, con lo cual hay que concluir que esta “obligación de replantear la forma de producción", de modo que “en un plazo corto presentaremos una propuesta, basada en un análisis científico y una concepción global", que se discutirá "con todos los sectores involucrados, con la sociedad en general", es algo que él discutió con algunos gurúes agropecuarios de cuya existencia y sapiencia ni nosotros, ni tú, lector, ni el MGAP, estábamos informados.
Claro que ya nos ensenó Maquiavelo que la capacidad de engañar depende de la disposición de los demás a dejarse engañar…
Uno de los fenómenos de la política uruguaya que me resultan más incomprensibles es esa admiración, rayana en el fervor religioso, que concita la gestión presidencial de Tabaré Vázquez –en efecto, “Misterios de un liderazgo”.
Acepto que sea buen médico, por más que tal extremo no esté demostrado por una larga y exitosa carrera como profesional independiente, ya que es bien sabido que a los dueños de cualquier empresa no se les evalúa la idoneidad. En efecto, aunque parezca extraño en un médico de origen humilde, en medio de su labor profesional Vázquez se hizo propietario de una empresa médica que históricamente era la número dos en el rubro de la radiología oncológica en el país.
Y sin duda es un habilísimo político que, hasta el surgimiento de un Mujica candidato, había logrado manejar magistralmente una coalición prácticamente inmanejable tanto por lo heterogénea como por la irracionalidad que implica su acendrado ideologismo.
Pero su gestión presidencial se destaca principalmente por el “dejar hacer” a sus subordinados y por un conjunto de desvíos de poder y pifias que a cualquier otro político habrían destruido.
Incluso antes de la elección de 2004 fue a Buenos Aires a pedir, para ganar esa elección, que un par de argentinos se inmiscuyeran en asuntos nuestros –una clara violación del principio de no intervención- de resultas de lo cual Kirchner les dio asueto a los “yorugas”-así nos llama- para que vinieran a votar y López Mena los trajo a precio de liquidación. Así, Vázquez ganó en primera vuelta por un margen menor que el número de compatriotas que viajaron especialmente a votarlo. Dice Kirchner que en esa oportunidad Vázquez le prometió asociarse a su venganza contra Botnia; pero aunque así no hubiera sido, el jefe de un partido que durante toda su campaña gritó “las papeleras, no!” no necesitaba decirlo para que el interlocutor lo creyera.
Obtenida la banda presidencial, todo empezó con aquel ataque al competidor directo de su empresa; si esto lo hubiera hecho, por ejemplo, Lacalle, te imaginas, lector, lo que se habría dicho de su honestidad?
Siguió con aquella discusión con Gargano sobre el TLC con EE.UU. donde el subordinado se la ganó, por paliza, al jefe. Te imaginas, lector, lo que se habría dicho de un Sanguinetti en un caso parecido?
Un día se le antojó prohibir que un tercio de los uruguayos hiciera lo que, en los términos del artículo 7 de la Constitución “la Ley no prohíbe”; y lo hizo por decreto, que es exactamente lo que sí prohíbe dicho artículo 7, que exige ley para coartar los derechos de cualquiera. Fue una violación constitucional, tanto como lo habría sido un decreto que prohibiera la asistencia al Estadio a los hinchas de Peñarol argumentando la necesidad de proteger los derechos de un hincha de Cerro asesinado a puñaladas.
Hace unos meses, anunció, desde el exterior, que en la plataforma continental uruguaya se había descubierto petróleo a una profundidad de 600 metros. Al día siguiente tuvo que salir el jerarca administrativo correspondiente a corregir que no había descubrimiento sino indicios, y que a la presidencial profundidad le faltaba nada menos que un cero –a la derecha. Te imaginas, lector, el escándalo si esto lo hubiera hecho, en una capital extranjera, un Jorge Batlle?
No mucho tiempo después anunció que Uruguay podía tener un reactor nuclear funcionando en un plazo de cuatro años. Al día siguiente supimos, de boca de un subordinado suyo que entiende del tema, que no eran cuatro los años sino quince y que la demanda eléctrica del país de hecho sólo haría rentable un tal proyecto si le vendiéramos energía a los vecinos que hoy nos la venden a nosotros. Te imaginas, lector…?
Y la última, al menos hasta ahora, fue el anuncio de estos días según el cual “su gobierno presentará una propuesta de reformulación del modelo de producción agropecuario para atender los efectos del cambio climático en el territorio nacional, que afronta una sequía grave.” Consultado el Ministerio respectivo, declaró su ignorancia del tema, con lo cual hay que concluir que esta “obligación de replantear la forma de producción", de modo que “en un plazo corto presentaremos una propuesta, basada en un análisis científico y una concepción global", que se discutirá "con todos los sectores involucrados, con la sociedad en general", es algo que él discutió con algunos gurúes agropecuarios de cuya existencia y sapiencia ni nosotros, ni tú, lector, ni el MGAP, estábamos informados.
Claro que ya nos ensenó Maquiavelo que la capacidad de engañar depende de la disposición de los demás a dejarse engañar…
Lo uno o lo otro, o ambas cosas
Mientras el mundo entero se da cuenta de que está en la pendiente espantosa que lleva de una recesión a una depresión, nuestros gobernantes siguen haciendo como que no se dan cuenta, dicen que nada pasa, y se dedican a tratar de frenar la inflación que ellos mismos siguen provocando.
Las tasas de interés mundiales se aproximan, cuando no llegan, a cero; y el gasto fiscal en actividades productivas se infla en un intento, casi desesperado, por evitar que la recesión se transforme en depresión. Acá, el gobierno gasta cada vez más en salarios de trabajadores improductivos pero sube la tasa de interés para frenar la economía y la cotización del dólar.
Todos los gobiernos del mundo quieren que su moneda se devalúe para poder exportar más. Acá, el gobierno festeja que bajó el dólar a pesar que en los doce meses cerrados en noviembre pasado el déficit comercial llegó al 47 por ciento de las exportaciones. Recuerdan cuando Astori se ufanaba de que “las exportaciones no paran de crecer”? Mucho más crecían las importaciones: por eso hay 47 por ciento de déficit de comercio.
Empresas y gobiernos de todas partes reducen personal y los sindicatos entienden que tendrán que reducir demandas salariales para no generar más desempleo y así sobrevivir a la crisis. Acá, el gobierno afloja ante cada embestida de sus socios sindicales y les aprueba alzas salariales que superan en casi la mitad lo que les ofreció inicialmente.
El Foro Económico Mundial de Davos tuvo su mirada obsesivamente enfocada en cómo salir de la crisis, al punto que temas tan candentes como el cambio climático, la seguridad alimentaria, la pobreza, el agua o las pandemias, tuvieron que ser transitoriamente dejados de lado. Acá, el gobierno sigue diciendo que no nos pasará nada, y a tal punto ha engañado a los distraídos que crecieron como nunca las compras de vehículos cero kilómetro y los préstamos para consumo.
Uno se pregunta si son totalmente ignorantes en materia económica o si ésta es una estrategia para engañar a los votantes y así ganar la próxima elección.
Un elemento que claramente apunta en la primera dirección es que siguen creyendo en lo que enseñaron aquellos monetaristas que traía Gil Díaz cuando presidía el Banco Central de la dictadura, a fines de los 70 del siglo pasado: en efecto, contra toda la evidencia, nuestros supuestos gobernantes progresistas siguen las recetas monetaristas ya desacreditadas en todo el mundo, que dicen que las alzas del tipo de cambio generarán una inflación que anulará lo devaluado. Mientras gobernaron, la cotización del dólar disminuyó un 32 por ciento y los precios aumentaron ese mismo 32 por ciento; pero a nuestros progresistas les resuenan en la cabeza las afirmaciones monetaristas de hace 30 años y reducen la cotización de la moneda extranjera para combatir la inflación.
No pueden no saber que, como dijo Friedman “la inflación es, siempre y en todo lugar, un fenómeno monetario”, es decir de excedente de la cantidad de dinero por sobre la disponibilidad de bienes y servicios que pueden ser comprados con ese dinero. Aunque sí parecen creer en lo que se enseña en los cursos introductorios de economía: que la inflación se debe al déficit público, no al gasto. Así lo dijeron innumerables veces.
Pero es falso, porque en los cursos introductorios de economía no se hace aún la distinción entre gasto público improductivo y gasto público que crea valor. El primero es el que paga sueldos a funcionarios que no hacen nada que alguien quiera comprar; esos sueldos generan demanda cuando los funcionarios usan sus sueldos para comprar bienes y servicios, pero a cambio no se ha creado nada que tenga valor en el mercado. Eso genera inflación. Hay gasto público productivo cuando el mismo se dirige a ofrecer algo que tiene valor, llámese electricidad, o agua potable, o caminos, o puertos, es decir bienes y servicios que alguien quiere comprar y por tanto tienen valor. Ese gasto público genera crecimiento.
La historia de estos últimos años muestra que los cientos de cargos como los de ayudante de cocinero en el BSE o las alzas de salarios a los funcionarios que hacen cosas que no queremos comprar –y muchas que pagaríamos por evitar, como los trámites burocráticos- generan demanda cuando ellos gastan sus acrecentados salarios, pero no crean valor, y ésa es la razón por la que los precios subieron 32 por ciento desde el 1º de marzo de 2005.
Quiere decir que, además de seguirle creyendo a los monetaristas de los ’70, en la conducción económica progresista hay un importante componente de política electoral dirigida a comprar el beneplácito sindical en el intento de mantener el gobierno a partir de 2010.
De ahí lo del título, “ambas cosas”.
Mientras el mundo entero se da cuenta de que está en la pendiente espantosa que lleva de una recesión a una depresión, nuestros gobernantes siguen haciendo como que no se dan cuenta, dicen que nada pasa, y se dedican a tratar de frenar la inflación que ellos mismos siguen provocando.
Las tasas de interés mundiales se aproximan, cuando no llegan, a cero; y el gasto fiscal en actividades productivas se infla en un intento, casi desesperado, por evitar que la recesión se transforme en depresión. Acá, el gobierno gasta cada vez más en salarios de trabajadores improductivos pero sube la tasa de interés para frenar la economía y la cotización del dólar.
Todos los gobiernos del mundo quieren que su moneda se devalúe para poder exportar más. Acá, el gobierno festeja que bajó el dólar a pesar que en los doce meses cerrados en noviembre pasado el déficit comercial llegó al 47 por ciento de las exportaciones. Recuerdan cuando Astori se ufanaba de que “las exportaciones no paran de crecer”? Mucho más crecían las importaciones: por eso hay 47 por ciento de déficit de comercio.
Empresas y gobiernos de todas partes reducen personal y los sindicatos entienden que tendrán que reducir demandas salariales para no generar más desempleo y así sobrevivir a la crisis. Acá, el gobierno afloja ante cada embestida de sus socios sindicales y les aprueba alzas salariales que superan en casi la mitad lo que les ofreció inicialmente.
El Foro Económico Mundial de Davos tuvo su mirada obsesivamente enfocada en cómo salir de la crisis, al punto que temas tan candentes como el cambio climático, la seguridad alimentaria, la pobreza, el agua o las pandemias, tuvieron que ser transitoriamente dejados de lado. Acá, el gobierno sigue diciendo que no nos pasará nada, y a tal punto ha engañado a los distraídos que crecieron como nunca las compras de vehículos cero kilómetro y los préstamos para consumo.
Uno se pregunta si son totalmente ignorantes en materia económica o si ésta es una estrategia para engañar a los votantes y así ganar la próxima elección.
Un elemento que claramente apunta en la primera dirección es que siguen creyendo en lo que enseñaron aquellos monetaristas que traía Gil Díaz cuando presidía el Banco Central de la dictadura, a fines de los 70 del siglo pasado: en efecto, contra toda la evidencia, nuestros supuestos gobernantes progresistas siguen las recetas monetaristas ya desacreditadas en todo el mundo, que dicen que las alzas del tipo de cambio generarán una inflación que anulará lo devaluado. Mientras gobernaron, la cotización del dólar disminuyó un 32 por ciento y los precios aumentaron ese mismo 32 por ciento; pero a nuestros progresistas les resuenan en la cabeza las afirmaciones monetaristas de hace 30 años y reducen la cotización de la moneda extranjera para combatir la inflación.
No pueden no saber que, como dijo Friedman “la inflación es, siempre y en todo lugar, un fenómeno monetario”, es decir de excedente de la cantidad de dinero por sobre la disponibilidad de bienes y servicios que pueden ser comprados con ese dinero. Aunque sí parecen creer en lo que se enseña en los cursos introductorios de economía: que la inflación se debe al déficit público, no al gasto. Así lo dijeron innumerables veces.
Pero es falso, porque en los cursos introductorios de economía no se hace aún la distinción entre gasto público improductivo y gasto público que crea valor. El primero es el que paga sueldos a funcionarios que no hacen nada que alguien quiera comprar; esos sueldos generan demanda cuando los funcionarios usan sus sueldos para comprar bienes y servicios, pero a cambio no se ha creado nada que tenga valor en el mercado. Eso genera inflación. Hay gasto público productivo cuando el mismo se dirige a ofrecer algo que tiene valor, llámese electricidad, o agua potable, o caminos, o puertos, es decir bienes y servicios que alguien quiere comprar y por tanto tienen valor. Ese gasto público genera crecimiento.
La historia de estos últimos años muestra que los cientos de cargos como los de ayudante de cocinero en el BSE o las alzas de salarios a los funcionarios que hacen cosas que no queremos comprar –y muchas que pagaríamos por evitar, como los trámites burocráticos- generan demanda cuando ellos gastan sus acrecentados salarios, pero no crean valor, y ésa es la razón por la que los precios subieron 32 por ciento desde el 1º de marzo de 2005.
Quiere decir que, además de seguirle creyendo a los monetaristas de los ’70, en la conducción económica progresista hay un importante componente de política electoral dirigida a comprar el beneplácito sindical en el intento de mantener el gobierno a partir de 2010.
De ahí lo del título, “ambas cosas”.
domingo, 7 de diciembre de 2008
Volver a construir un país del cual la gente no quiera irse
Para la próxima década del Uruguay, el desafío puede condensarse en las pocas palabras del título: hay que volver a construir un país del cual la gente no quiera irse.
Hay que parar la sangría de la emigración, primero, por una razón económica: los datos nos muestran que los que se van son casi todos jóvenes con alta capacitación; lo que las estadísticas no tiene como mostrarnos es que además se trata de gente con la “polenta” necesaria para decidir que no les satisface el futuro que les ofrece el país, el que les construyeron sus padres y sus abuelos, y entonces tienen el coraje necesario para ir a hacerse su futuro en el exterior, en Wisconsin o en Zaragoza o en Christchurch en Nueva Zelanda. Por razones económicas necesitamos que se queden porque ése es el tipo de gente que necesitamos para el crecimiento del país.
Pero más importante es que, al irse, esos jóvenes refuerzan el envejecimiento de nuestra población gobernada por gerontes; este país está puesto de cabeza porque sólo aquí puede decirse que un hombre que pisa los 50 años y tiene hijos adultos y puede ser abuelo, es “un político joven”. Esta sociedad gobernada por setentones y llena de pre candidatos setentones no tiene como ofrecerles soluciones a los jóvenes y así se crea el círculo vicioso.
Igualmente crucial es que los se van son hijos, son nietos, son hermanos, son novios, son padres, de los que se quedan, y al irse empobrecen la vida de los que permanecen. Esta emigración es un problema económico pero mucho más que eso es un problema de la sociedad, de la política, de la gente, de los que se quedan… por todo eso hay que pararla.
Para resolver un problema hay que entenderlo. En la elección del 2004, la propaganda del FA fue que se iban por el desempleo, y eso era culpa de los gobiernos colorados. Porque el gobierno que se termina tuvo, como decía un amigo mío, “más suerte que gato ´e casa ´e rico”, los precios externos se fueron a las nubes y vino inversión extranjera, el país creció porque sobraba la plata, bajó el desempleo a la mitad… pero la gente se siguió yendo!
Así, no era por desempleo que se iban; se van porque aquí se gana muy poco.
Un chico de 20 años que se fue a Wisconsin y gana salario mínimo, y trabaja sólo 44 horas por semana y sólo 48 semanas por año, gana más de 1200 dólares al mes –es más de lo que aquí ganan muchos gerentes de pequeñas empresas y ni hablar de los trabajadores por cuenta propia. Allá eso se gana con salario mínimo, y además hay servicios públicos de primer mundo, salud, educación, transporte, comunicaciones… Y si ese chico se fue a Zaragoza o a Almería o a Barcelona, gana todavía más que eso y ni siquiera tuvo que aprender inglés.
Se gana poco en nuestro Uruguay, y no es porque los empresarios sean explotadores porque si lo fueran serían riquísimos, y lo cierto es que los ricos del Uruguay son los menos ricos de América.
Es porque aquí hace treinta años que hay poquísima inversión: en ausencia de capital, no fructifica el trabajo ni fructifica la productividad de la tierra ni fructifica la capacidad empresarial.
Pruebas al canto: vinieron capitales brasileros principalmente al sector frigorífico y al arroz, y vinieron capitales argentinos principalmente a producir granos. Vino capital, y todo lo demás fructificó: subieron las rentas y el precio de la tierra, los trabajadores agropecuarios ganan más, los dueños del capital claro que ganaron, y ganó el sistema jubilatorio y ganó el Fisco, y con eso financiaron el Panes y las demás granjerías con lo que ganaron hasta los que no quieren trabajar. Y salió ganando el partido de gobierno que hizo lo posible por impedir la inversión extranjera mientras se vanagloriaba adjudicándose los éxitos económicos que generó esa misma inversión extranjera que denostaron.
Al aumentar la inversión aumenta la productividad y hay espacio para que todos ganen. Durante las décadas de estancamiento se dio una situación de negociaciones “suma cero” donde para que uno gane otro tiene que perder y las lideranzas sindicales haciendo el juego del “cuanto peor, mejor” pudieron crear el clima de enfrentamiento, odios y lucha de clases que hoy nos paraliza.
Tenemos que cambiar esa cultura para pasar a otra que incentive la inversión para mejorar la productividad para así en todo caso discutir cuanto de las ganancias se lleva cada uno, que es mucho más fácil que discutir cuanto tiene que perder aquél para que éste gane algo.
La política económica será importante si nos lleva a más productividad, esto será importante si nos lleva a una cultura más civilizada y esto será importante si consigue frenar la fuga de nuestros jóvenes.
Hay que parar la sangría de la emigración, primero, por una razón económica: los datos nos muestran que los que se van son casi todos jóvenes con alta capacitación; lo que las estadísticas no tiene como mostrarnos es que además se trata de gente con la “polenta” necesaria para decidir que no les satisface el futuro que les ofrece el país, el que les construyeron sus padres y sus abuelos, y entonces tienen el coraje necesario para ir a hacerse su futuro en el exterior, en Wisconsin o en Zaragoza o en Christchurch en Nueva Zelanda. Por razones económicas necesitamos que se queden porque ése es el tipo de gente que necesitamos para el crecimiento del país.
Pero más importante es que, al irse, esos jóvenes refuerzan el envejecimiento de nuestra población gobernada por gerontes; este país está puesto de cabeza porque sólo aquí puede decirse que un hombre que pisa los 50 años y tiene hijos adultos y puede ser abuelo, es “un político joven”. Esta sociedad gobernada por setentones y llena de pre candidatos setentones no tiene como ofrecerles soluciones a los jóvenes y así se crea el círculo vicioso.
Igualmente crucial es que los se van son hijos, son nietos, son hermanos, son novios, son padres, de los que se quedan, y al irse empobrecen la vida de los que permanecen. Esta emigración es un problema económico pero mucho más que eso es un problema de la sociedad, de la política, de la gente, de los que se quedan… por todo eso hay que pararla.
Para resolver un problema hay que entenderlo. En la elección del 2004, la propaganda del FA fue que se iban por el desempleo, y eso era culpa de los gobiernos colorados. Porque el gobierno que se termina tuvo, como decía un amigo mío, “más suerte que gato ´e casa ´e rico”, los precios externos se fueron a las nubes y vino inversión extranjera, el país creció porque sobraba la plata, bajó el desempleo a la mitad… pero la gente se siguió yendo!
Así, no era por desempleo que se iban; se van porque aquí se gana muy poco.
Un chico de 20 años que se fue a Wisconsin y gana salario mínimo, y trabaja sólo 44 horas por semana y sólo 48 semanas por año, gana más de 1200 dólares al mes –es más de lo que aquí ganan muchos gerentes de pequeñas empresas y ni hablar de los trabajadores por cuenta propia. Allá eso se gana con salario mínimo, y además hay servicios públicos de primer mundo, salud, educación, transporte, comunicaciones… Y si ese chico se fue a Zaragoza o a Almería o a Barcelona, gana todavía más que eso y ni siquiera tuvo que aprender inglés.
Se gana poco en nuestro Uruguay, y no es porque los empresarios sean explotadores porque si lo fueran serían riquísimos, y lo cierto es que los ricos del Uruguay son los menos ricos de América.
Es porque aquí hace treinta años que hay poquísima inversión: en ausencia de capital, no fructifica el trabajo ni fructifica la productividad de la tierra ni fructifica la capacidad empresarial.
Pruebas al canto: vinieron capitales brasileros principalmente al sector frigorífico y al arroz, y vinieron capitales argentinos principalmente a producir granos. Vino capital, y todo lo demás fructificó: subieron las rentas y el precio de la tierra, los trabajadores agropecuarios ganan más, los dueños del capital claro que ganaron, y ganó el sistema jubilatorio y ganó el Fisco, y con eso financiaron el Panes y las demás granjerías con lo que ganaron hasta los que no quieren trabajar. Y salió ganando el partido de gobierno que hizo lo posible por impedir la inversión extranjera mientras se vanagloriaba adjudicándose los éxitos económicos que generó esa misma inversión extranjera que denostaron.
Al aumentar la inversión aumenta la productividad y hay espacio para que todos ganen. Durante las décadas de estancamiento se dio una situación de negociaciones “suma cero” donde para que uno gane otro tiene que perder y las lideranzas sindicales haciendo el juego del “cuanto peor, mejor” pudieron crear el clima de enfrentamiento, odios y lucha de clases que hoy nos paraliza.
Tenemos que cambiar esa cultura para pasar a otra que incentive la inversión para mejorar la productividad para así en todo caso discutir cuanto de las ganancias se lleva cada uno, que es mucho más fácil que discutir cuanto tiene que perder aquél para que éste gane algo.
La política económica será importante si nos lleva a más productividad, esto será importante si nos lleva a una cultura más civilizada y esto será importante si consigue frenar la fuga de nuestros jóvenes.
martes, 11 de noviembre de 2008
La política Independiente
Hoy me salgo de mis temas económicos habituales para comentar la presencia de Pablo Mieres en el programa de Puglia en Canal 10 el martes 11 de noviembre.
Empiezo diciendo que estuvo simplemente brillante; espero que se pueda conseguir la grabación para colgarla en la página del Partido.
Hubo al menos cinco puntos que me resultaron resaltantes.
Uno fue el estilo, muy cerebral pero sencillo y “llegador” en la exposición, sin jerga política, yendo al grano de modo que todo espectador pueda entender.
Dos fue la claridad con que expuso que hace varios períodos que el país viene siendo gobernado por quienes representan apenas más de una mitad de los votantes, lo que resulta en que todos sabemos que la estabilidad de las normas aprobadas está colgando de un hilo que puede romperse si en la siguiente elección cambia la mayoría. En esas condiciones no tiene sentido hacer grandes reformas; pero los países que avanzan son los que logran hacerlas y mantenerlas. De ahí que para el futuro hay que apuntar a coaliciones extra-partidarias que aseguren que las leyes fundamentales se aprueben con mayorías sólidas que prometan continuidad en el tiempo, cosa que no puede hacerse si un partido cualquiera –sea el Frente u otro- tiene la mayoría parlamentaria.
Tres fue el análisis del gran pecado del equipo económico del gobierno actual en el sentido de no haber ahorrado en la bonanza para defendernos mejor en la época negativa que ya está comenzando, incluso demoliendo el argumento de que “hay reservas en el BCU”, que es falso porque esas reservas se lograron emitiendo deuda, de manera que el verdadero saldo neto, al fin de la bonanza, es esencialmente cero.
Cuatro fue la importancia de entender que la elección de octubre de 2009 sirve para elegir el Parlamento, porque ya se sabe que no habrá mayoría absoluta y también está claro quiénes serán los dos que vayan al ballotage de noviembre. Esto elimina el concepto tradicional del “voto útil” (aquello de “voy a votar a Fulano, que no me gusta, pero es para que no gane Mengano”) y le abre al PI la opción de crecer en octubre para instalar una bancada parlamentaria fuerte y así ser definitorio no sólo en noviembre sino también a lo largo del quinquenio de gobierno, posibilitando las mencionadas mayorías sólidas para la aprobación de leyes fundamentales.
Finalmente, fue muy claro en cuanto a la posición del Partido, equidistante de ambos bloques, de manera que el apoyo que se dé, o no, a uno u otro de los “finalistas” se basará en acuerdos creíbles respecto de qué cosas se harán durante el quinquenio de gobierno, materia que el PI está definiendo a través del funcionamiento de sus ocho equipos temáticos. Si bien todos sabemos que los colorados votarán a los blancos en noviembre –y por tanto no tienen margen de negociación con ellos-, la forma en que Pablo manejó este concepto nos deja en buena posición para negociar líneas de gobierno con uno y con otro “a partir del 1º de noviembre”.
Empiezo diciendo que estuvo simplemente brillante; espero que se pueda conseguir la grabación para colgarla en la página del Partido.
Hubo al menos cinco puntos que me resultaron resaltantes.
Uno fue el estilo, muy cerebral pero sencillo y “llegador” en la exposición, sin jerga política, yendo al grano de modo que todo espectador pueda entender.
Dos fue la claridad con que expuso que hace varios períodos que el país viene siendo gobernado por quienes representan apenas más de una mitad de los votantes, lo que resulta en que todos sabemos que la estabilidad de las normas aprobadas está colgando de un hilo que puede romperse si en la siguiente elección cambia la mayoría. En esas condiciones no tiene sentido hacer grandes reformas; pero los países que avanzan son los que logran hacerlas y mantenerlas. De ahí que para el futuro hay que apuntar a coaliciones extra-partidarias que aseguren que las leyes fundamentales se aprueben con mayorías sólidas que prometan continuidad en el tiempo, cosa que no puede hacerse si un partido cualquiera –sea el Frente u otro- tiene la mayoría parlamentaria.
Tres fue el análisis del gran pecado del equipo económico del gobierno actual en el sentido de no haber ahorrado en la bonanza para defendernos mejor en la época negativa que ya está comenzando, incluso demoliendo el argumento de que “hay reservas en el BCU”, que es falso porque esas reservas se lograron emitiendo deuda, de manera que el verdadero saldo neto, al fin de la bonanza, es esencialmente cero.
Cuatro fue la importancia de entender que la elección de octubre de 2009 sirve para elegir el Parlamento, porque ya se sabe que no habrá mayoría absoluta y también está claro quiénes serán los dos que vayan al ballotage de noviembre. Esto elimina el concepto tradicional del “voto útil” (aquello de “voy a votar a Fulano, que no me gusta, pero es para que no gane Mengano”) y le abre al PI la opción de crecer en octubre para instalar una bancada parlamentaria fuerte y así ser definitorio no sólo en noviembre sino también a lo largo del quinquenio de gobierno, posibilitando las mencionadas mayorías sólidas para la aprobación de leyes fundamentales.
Finalmente, fue muy claro en cuanto a la posición del Partido, equidistante de ambos bloques, de manera que el apoyo que se dé, o no, a uno u otro de los “finalistas” se basará en acuerdos creíbles respecto de qué cosas se harán durante el quinquenio de gobierno, materia que el PI está definiendo a través del funcionamiento de sus ocho equipos temáticos. Si bien todos sabemos que los colorados votarán a los blancos en noviembre –y por tanto no tienen margen de negociación con ellos-, la forma en que Pablo manejó este concepto nos deja en buena posición para negociar líneas de gobierno con uno y con otro “a partir del 1º de noviembre”.
miércoles, 1 de octubre de 2008
Dos formas de suicidio
Acabo de leer un excelente artículo de Adolfo Garcé, publicado en Observa el miércoles 2 de octubre, donde se cuestionan con éxito las percepciones normales sobre las ventajas y desventajas de las candidaturas y capacidades presidenciales de Danilo Astori y José Mujica. Coincido totalmente con este análisis novedoso y bien argumentado.
Ahora bien, mientras lo leía me puse a pensar en cómo sería un gobierno del Frente encabezado por cualquiera de estos dos personajes, apoyado en el otro, sin que importe demasiado el orden en que se colocan la banda. Naturalmente, me ceñí a mi especialidad, la economía, para concluir que ninguno ha demostrado la menor capacidad para dirigirla sino todo lo contrario.
Puede esto sorprender en vista de los elogios que al Ministro Astori hacen el FMI y demás instituciones internacionales que él denostaba en sus épocas de izquierdista. Veamos el porqué de mi discrepancia con esas instituciones.
Las dos variables centrales que debe resolver un gobierno en lo económico son como crecer y como distribuir.
En materia de crecer –que en un país pequeño sólo puede hacerse vía exportación-, bajo Astori la economía uruguaya creció como nunca porque tuvimos precios externos como nunca. El MEF nada hizo para facilitarlo de modo permanente: no avanzó en la inserción internacional, no promovió otras exportaciones que las que marcaban los precios internacionales, dejó morir lo poco que quedaba de la otrora pujante industria textil, dejó atrasar el tipo de cambio y así importamos de todo lo que no se produce aquí con lo cual se generan empleo y salarios, impuestos y aportes a la seguridad social en el exterior, asistió impávido al creciente déficit externo sin otro argumento que decir que se compensa con el turismo, no fue capaz de contener los izquierdismos sesentistas de sus socios en el Gobierno que llevaron a la situación de desborde sindical que paraliza las pocas industrias que sobreviven al atraso cambiario, y se gastó hasta el último peso de la recaudación y más –por eso tenemos un déficit fiscal creciente y ya cercano al 1 por ciento del producto- y en consecuencia nos deja desamparados ante la violencia de la crisis que se nos viene encima, a pesar de las sucesivas declaraciones del ex Ministro según las cuales “al Uruguay no le pasará nada” –tout va très bien, como dije hace unas semanas. Y se fue del MEF cuando se viene la maroma que él mismo armó.
Por su parte, Mujica hizo lo posible para ponerle trabas al desarrollo agrícola que es la razón exclusiva del aparente éxito económico del Gobierno frentista. No las detallaré para no aburrir al lector, pero son de todos conocidos sus balbuceos medio incomprensibles en el detalle pero claramente apuntados a ponerle trabas a la modernización de ese sector que estuvo atrasado durante décadas.
Confiar en uno de ellos, o en ambos, para timonear la economía uruguaya en los muy difíciles años que se avecinan sería un suicidio económico.
Por su parte, en materia distributiva, Astori presidió la economía del país en el lapso en que se produjo la más fenomenal concentración del ingreso y la riqueza de nuestra historia, y no movió un dedo al respecto, limitándose a decir que la herramienta distributiva era el IRPF. Hace décadas que los economistas sabemos que es muy poco lo que puede hacerse por esta vía, ya que esencialmente lo que hacen estos mecanismos es distribuir entre trabajadores, porque los dueños del capital tienen mecanismos demás para escapar de la tributación, de los cuales algunos hasta son legales. Algo más puede hacerse por la vía del gasto, y mejor si es por la vía de entregar servicios de primera calidad en salud y educación –donde nada positivo se ha hecho- más que en subsidios directos a familias pobres que de hecho los mantienen para siempre en el límite de la pobreza sin abrirles opciones de crecimiento personal y laboral. En el intertanto, las tierras, tradicionalmente en poder de familias ricas, tuvieron durante la era de altos precios externos alzas de dos, tres o cinco veces su valor, enriqueciendo aún mucho más a los que ya eran los más ricos del país. Esos ricos, de los que muchos eran terratenientes y hoy son dueños de depósitos en el exterior, pagaron por impuesto a las trasmisiones patrimoniales el mismo 2 por ciento que paga un poblador que compra su casita.
Y, preguntado Mujica hoy mismo, sobre como distribuir, dice con una candidez inusual en él, que no sabe, simplemente no sabe, sin decirte una cosa como te dice la otra.
Confiar en uno de ellos, o en ambos, para resolver los problemas de concentración del ingreso y la riqueza generados en estos años, sería un suicidio social.
Puede que haya razones no económicas para creer que alguno de ellos sería un gran Presidente o un gran Vice, pero a mí no se me ocurren.
Ahora bien, mientras lo leía me puse a pensar en cómo sería un gobierno del Frente encabezado por cualquiera de estos dos personajes, apoyado en el otro, sin que importe demasiado el orden en que se colocan la banda. Naturalmente, me ceñí a mi especialidad, la economía, para concluir que ninguno ha demostrado la menor capacidad para dirigirla sino todo lo contrario.
Puede esto sorprender en vista de los elogios que al Ministro Astori hacen el FMI y demás instituciones internacionales que él denostaba en sus épocas de izquierdista. Veamos el porqué de mi discrepancia con esas instituciones.
Las dos variables centrales que debe resolver un gobierno en lo económico son como crecer y como distribuir.
En materia de crecer –que en un país pequeño sólo puede hacerse vía exportación-, bajo Astori la economía uruguaya creció como nunca porque tuvimos precios externos como nunca. El MEF nada hizo para facilitarlo de modo permanente: no avanzó en la inserción internacional, no promovió otras exportaciones que las que marcaban los precios internacionales, dejó morir lo poco que quedaba de la otrora pujante industria textil, dejó atrasar el tipo de cambio y así importamos de todo lo que no se produce aquí con lo cual se generan empleo y salarios, impuestos y aportes a la seguridad social en el exterior, asistió impávido al creciente déficit externo sin otro argumento que decir que se compensa con el turismo, no fue capaz de contener los izquierdismos sesentistas de sus socios en el Gobierno que llevaron a la situación de desborde sindical que paraliza las pocas industrias que sobreviven al atraso cambiario, y se gastó hasta el último peso de la recaudación y más –por eso tenemos un déficit fiscal creciente y ya cercano al 1 por ciento del producto- y en consecuencia nos deja desamparados ante la violencia de la crisis que se nos viene encima, a pesar de las sucesivas declaraciones del ex Ministro según las cuales “al Uruguay no le pasará nada” –tout va très bien, como dije hace unas semanas. Y se fue del MEF cuando se viene la maroma que él mismo armó.
Por su parte, Mujica hizo lo posible para ponerle trabas al desarrollo agrícola que es la razón exclusiva del aparente éxito económico del Gobierno frentista. No las detallaré para no aburrir al lector, pero son de todos conocidos sus balbuceos medio incomprensibles en el detalle pero claramente apuntados a ponerle trabas a la modernización de ese sector que estuvo atrasado durante décadas.
Confiar en uno de ellos, o en ambos, para timonear la economía uruguaya en los muy difíciles años que se avecinan sería un suicidio económico.
Por su parte, en materia distributiva, Astori presidió la economía del país en el lapso en que se produjo la más fenomenal concentración del ingreso y la riqueza de nuestra historia, y no movió un dedo al respecto, limitándose a decir que la herramienta distributiva era el IRPF. Hace décadas que los economistas sabemos que es muy poco lo que puede hacerse por esta vía, ya que esencialmente lo que hacen estos mecanismos es distribuir entre trabajadores, porque los dueños del capital tienen mecanismos demás para escapar de la tributación, de los cuales algunos hasta son legales. Algo más puede hacerse por la vía del gasto, y mejor si es por la vía de entregar servicios de primera calidad en salud y educación –donde nada positivo se ha hecho- más que en subsidios directos a familias pobres que de hecho los mantienen para siempre en el límite de la pobreza sin abrirles opciones de crecimiento personal y laboral. En el intertanto, las tierras, tradicionalmente en poder de familias ricas, tuvieron durante la era de altos precios externos alzas de dos, tres o cinco veces su valor, enriqueciendo aún mucho más a los que ya eran los más ricos del país. Esos ricos, de los que muchos eran terratenientes y hoy son dueños de depósitos en el exterior, pagaron por impuesto a las trasmisiones patrimoniales el mismo 2 por ciento que paga un poblador que compra su casita.
Y, preguntado Mujica hoy mismo, sobre como distribuir, dice con una candidez inusual en él, que no sabe, simplemente no sabe, sin decirte una cosa como te dice la otra.
Confiar en uno de ellos, o en ambos, para resolver los problemas de concentración del ingreso y la riqueza generados en estos años, sería un suicidio social.
Puede que haya razones no económicas para creer que alguno de ellos sería un gran Presidente o un gran Vice, pero a mí no se me ocurren.
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