martes, 8 de julio de 2008

La Gran Paradoja

Cuando se escriba el Gran Libro de la Concentración del Ingreso en el Uruguay, el capítulo central –por lo paradojal y descabellado- deberá ser el enriquecimiento de los ricos durante el Gobierno del Frente Amplio.
El país creció cerca de 40 por ciento desde la crisis de 2002, y 22 por ciento desde 2004. Era la oportunidad para que un Gobierno progresista hiciera lo que tantos queremos: eliminar la indigencia y reducir la pobreza a su mínima expresión junto con sentar, vía inserción internacional e inversión productiva, sanitaria y educacional, las bases para la consolidación definitiva de un crecimiento con modernización y justicia social.
En lugar de eso, paró de caer la pobreza, los salarios siguen siendo bajísimos, están en niveles críticos la salud y la educación y en quiebra la seguridad social, mientras los signos exteriores de riqueza de los que ya eran ricos crecen explosivamente en forma de vehículos 4x4, yates, viviendas espectaculares, loteos privados y viajes lujosos.
Todo empezó por el crecimiento de los precios de los “commodities” agropecuarios que son los mismos del siglo XIX –carne, lana, cueros- más algunos nuevos pero de las mismas características: soya, arroz, y otros granos. Con eso y la celulosa que empieza a salir, la cuenta corriente con el exterior se equilibra con un tipo de cambio real que sólo permite producir esos “commodities” basados en la feracidad de los campos y en una demanda externa sin parangón conocido.
Así se mata aquellas industrias que no son bendecidas por esos factores, a lo cual se agrega la hostilidad que surge desde el Ministerio de Trabajo y el PIT-CNT, socios en esta tarea destructiva. Las textiles son el ejemplo más decidor y más triste.
En consecuencia, nuestra industria ya no genera empleos de calidad –altamente productivos, bien remunerados, estables, con seguridad social- que suelen ser propios de los establecimientos industriales avanzados que hoy florecen, por ejemplo, en China, India o Vietnam en el Oriente y en Chile, Finlandia, Irlanda o Nueva Zelanda en el “mundo occidental”. En el Uruguay, hace 20 años la industria era más de la cuarta parte del PBI, y hoy es apenas el 18 por ciento, mostrando una evolución semejante la ponderación del empleo sectorial. Por eso ya en 2007, se agota el proceso “fácil” de reducción de la pobreza e indigencia a que nos llevó el anterior experimento de atraso cambiario.
El crecimiento basado en el alza de los precios de los “commodities” agropecuarios beneficia a los dueños de las tierras donde se producen los mismos, es decir a los terratenientes que ya eran ricos y hoy lo son mucho más. No es culpa de ellos, que hacen un negocio lícito dentro de las reglas del juego que plantean los gobernantes, sino de éstos, que no entienden cómo manejar este diluvio de riquezas.
Y como lo que llaman el tipo de cambio de equilibrio de largo plazo no permite crear sino empleos públicos o los “de boliche”, que pueden generarse en servicios orientados a la demanda de los 3.3 millones de uruguayos, se van nuestros jóvenes a ganar el triple en España, o en EE.UU., o incluso en nuestros hermanos del Mercosur.
Nuestro salario mínimo es poco más de la mitad del de Brasil, y lo triplican el de España o EE.UU., destinos preferidos de los emigrantes de hoy; un brasileño chofer de taxi se queda con la mitad de lo que cobra, y más en EE.UU. y Europa, contra 20 por ciento en Montevideo; y, para ni hablar de los países desarrollados, un médico paulista de alto nivel cobra normalmente unos 250 dólares la consulta privada con un especialista establecido que aquí se paga el equivalente de 75.
Por eso se van nuestros jóvenes.
Mientras tanto, esta política económica hace que ganen aquellos que tenían tierras buenas donde ellos, u otros que se las compraron, crían animales o cultivan granos y eucaliptos para la planta de celulosa.
El Gobierno dice que su política fiscal –de recaudación y gasto- es distributiva. Pero la parte de recaudación descansa en el IRPF que grava más a los que más y mejor trabajan, mientras reduce el gravamen a los ricos porque el IRAE tiene una tasa más baja que el antiguo IRIC, y hasta propuso eliminar el Impuesto al Patrimonio. Así, la llamada “política distributiva” del Gobierno intenta redistribuir entre trabajadores mientras trata de “ricachos” a los asalariados y jubilados que ganan 30 mil pesos. En materia de gasto, esa “política distributiva” da pequeñas dádivas a los pobres y muy pobres en forma del PANES y sus sucesores.
Pero su política económica hace que ganan millones los terratenientes
Por eso este Gobierno es concentrador: no hay IRPF ni PANES que compensen la brutal concentración de riqueza que ha significado el patrón de crecimiento que eligieron frente a las tendencias del comercio internacional.

viernes, 21 de marzo de 2008

Lo que no para de caer es el tipo de cambio real

Jaime Mezzera

La rentabilidad de producir bienes y servicios que compiten con el exterior –los transables, en léxico económico- tiene como base el tipo de cambio real. Éste se calcula como un cociente del tipo de cambio nominal –ése que nos anuncian diariamente los noticiarios- dividido por un índice de precios. Lo usual es usar el índice de precios al consumo, el IPC. Pero el costo de producir está mejor aproximado por el índice de precios de los productos nacionales, IPPN, que antiguamente se llamaba Índice de Precios Mayoristas, o IPM.
Pues bien, haciendo esos cálculos y llevando todo a precios de hoy, resulta que el tipo de cambio deflactado por el IPC era de algo más de 23 en enero de 2000, subió hasta 41 a mediados de 2002, y desde entonces cae continuamente. Esa caída fue especialmente fuerte en dos períodos: el primer semestre de 2004, y el segundo semestre de 2007. Cuando el tipo de cambio se deflacta por el IPM se ven las mismas tendencias.
Recordemos que en 2002 la economía uruguaya se estaba cayendo a pedazos porque Brasil había desvalorizado su moneda y entonces, al tipo de cambio de la época, sólo nos quedaba la posibilidad de exportar a la Argentina –que hacía lo mismo que nosotros con su tipo de cambio- mientras comprábamos al exterior, y especialmente al Brasil, prácticamente todo lo que era transable.
A principios de 2002, a raíz de la devaluación argentina, la cotización nominal del dólar empezó a subir en Uruguay, a subir mucho más rápido que los índices de precios: hasta agosto-setiembre de 2002, el tipo de cambio real subió vertiginosamente, al punto que en ese período el gráfico muestra dos líneas casi verticales.
Desde entonces, el tipo de cambio real se desvaloriza continuamente en comparación con cualquiera de los dos índices de precios, y se desploma espectacularmente desde principios de 2007, especialmente cuando se lo compara con el IPM que, como se dijo antes, es mucho más relevante para comparar la rentabilidad. Así, a principios de 2007 un dólar era equivalente a 28 pesos de hoy, y catorce meses más tarde, el mismo equivale a 20,6 pesos.

En conclusión, el tipo de cambio real actual es 11 por ciento inferior al de principios de 2000 si lo deflactamos por el IPC, y 40 por ciento más bajo si lo ajustamos por el IPM-IPPN.

Por su parte, en el año 2007 la caída del valor real dólar en Uruguay fue de 26 por ciento de su valor inicial, lo que casi duplica la que en igual lapso experimentó el dólar frente al euro y al franco suizo, que fue de 14 por ciento. Una vez más, no es conveniente creerles a los funcionarios del gobierno cuando dicen que “este fenómeno es mundial”…
En otras palabras, también perdimos competitividad frente a los europeos, y ni hablar de la pérdida de competitividad sufrida frente a los asiáticos.
Como consecuencia, los productores de transables sufren, sea porque se les corta la posibilidad de exportar, sea porque el mercado nacional está invadido por producción extranjera.
La recientemente publicada encuesta industrial de la CIU muestra que en 2007 cayó la producción industrial en varias líneas de la producción de alimentos y bebidas, en las cervecerías y la elaboración de aceites y grasas, en todas las textiles y las de cuero incluyendo la fabricación de calzado, en los productos de caucho, corcho y paja, en las que trabajan con minerales no metálicos… la industria en total aumentó su producción sólo porque Pepsi exporta (al amparo del atraso cambiario brasileño) y porque Botnia produce y demanda insumos, incluyendo la construcción de buques y barcazas.
En 2000, nuestra industria dependía de venderle a la Argentina al amparo del Mercosur. Hoy depende de venderle al Brasil, también al amparo del Mercosur.
El cacareado “país productivo” del Frente Amplio consiste en exportar materias primas parecidas a las de nuestro Siglo XIX más una bebida cola y el efecto de una inversión a la cual el Frente, cuando no era gobierno, se opuso estruendosamente.

lunes, 24 de diciembre de 2007

El gasto público corriente puede no ser malo –en otra economía

A menudo denostamos el aumento del gasto público corriente en este período de gobierno, y lo culpamos de muchos de nuestros males. Se compone de tres ítems principales: más empleados públicos, mayores salarios para ellos[1], y programas de gasto social como el Panes y sucesores.
Sin embargo, a nuestro lado tenemos al Brasil petista, paradigmático en materia de expansión del gasto corriente por las mismas vías: más funcionarios públicos mejor pagados y un programa de subsidio a familias pobres que es muy superior al nuestro incluso en términos per cápita.
Ambos países crecen a ritmo muy superior a sus medias históricas y sus tasas de inflación no explotan a niveles inmanejables;
[2] los defensores del gasto público usan esto para decir que los denostadores estamos equivocados, que se puede crecer y al mismo tiempo aumentar las dádivas a los que no trabajan y a los que trabajan sin producir nada que alguien quiera comprar.
Esos defensores, cuando son brasileños, tienen razón, porque su economía gigantesca y su grado de cerrazón –las importaciones brasileñas no llegan a 9 por ciento del producto, mientras las nuestras andan en el 25 por ciento- permiten que la explosión de demanda consecuente al aumento del gasto público corriente sea atendida por una industria nacional bastante eficiente y modernizada. Ésta es uno de los motores del crecimiento y les permite atender la creciente demanda de bienes relativamente simples que consume “la nueva clase media baja y media-media” que ha creado el PT. En los últimos años unos 20 millones de consumidores (más del 10 por ciento de la población) han salido de las categorías D y E para pasar a la C que no sólo consume alimentos básicos sino alimentos más diversificados y de mejor calidad, ropa y calzado, transporte, electrodomésticos relativamente simples, diversiones, …
Esos mismos defensores, si son uruguayos, no tienen razón, principalmente porque el pequeño tamaño de nuestra población y su demanda no son suficientes para que se instalen o expandan empresas que provean, a precios y calidades competitivas, las nuevas demandas de los asalariados públicos enriquecidos que, por cierto, ganan a precios reales mucho más del doble de los beneficiarios de la política petista de transferencias. Así, cuando los contrata el Estado como ayudante de cocinero del BSE pagándoles 15 mil pesos mensuales, o les llega el Panes, nuestros “beneficiarios” demandan principalmente ropa de marca, más celulares y equipos de música y viajan al Interior como muestran el desborde de Tres Cruces o la explosión de la asistencia al Pilsen Rock. Buena parte de esos consumos acrecentados, en el caso uruguayo, no proviene de la producción nacional: o porque no tenemos petróleo para producir el gasoil que queman los ómnibus, o porque no tenemos tamaño económico para producir con eficiencia ni los jeans de marca ni los celulares ni los I-Pod ni las cocinas de cuatro hornallas, si los consumidores de esos bienes van a ser los tradicionales 3 millones de uruguayos.
Y entonces llegamos al punto crucial: un país que, como el nuestro, tiene una economía bastante abierta pero no tiene condiciones para producir competitivamente lo que su gente quiere comprar, tiene que cerrar su economía, lo cual implica suicidio colectivo por insatisfacción del demandante y explosión inflacionaria, o traer del exterior lo que nuestra gente quiere consumir, sea directamente como los I-Pod o indirectamente, como el gasoil que se consume en el turismo interno.
De ahí que en el mejor momento de la historia de nuestros precios de exportación, nuestro déficit de comercio exterior crece como nunca: el déficit externo de 2007 apunta a ser 43 veces mayor que el de 2004, y 2,4 veces mayor que el de 2005.
[3]
Para superar esa restricción del tamaño del mercado interno necesitamos acuerdos comerciales con el mundo entero –mal que les pese a los mandamases del Mercosur y sus voceros internos- y un tipo de cambio real más alto que el actual, que sea creíble y sustentable como para atraer las inversiones necesarias para producir lo que nuestra gente quiere y/o traerlo del exterior a cambio de exportaciones de lo que sabemos y podemos producir a precios y calidades válidas en el mercado internacional. Lo entendieron los chilenos, que son quince millones, y los de Hong Kong, que son 7, y los neocelandeses e irlandeses y los que viven en Singapur, que son poco más de 4 millones en cada caso, y hasta Islandia, con sus 300 mil habitantes.
Pero no lo entiende el Frente Amplio.
[1] En promedio, los salarios del sector público casi duplican la media de los salarios privados.
[2] Sin manipulación, la tasa de inflación para este año debe estar en el orden del 4 a 5 por ciento en Brasil, y alrededor de 10 a 11 por ciento en el Uruguay. La tasa manipulada uruguaya se acerca al 9 por ciento, casi el doble del anuncio del equipo económico a principios del año.
[3] Datos del BCU: www.bcu.gub.uy, Area de Estadísticas Económicas, Transacciones de mercaderías.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Una economía independiente

Cuando según sean los precios externos la economía vive y florece, o se desgrana y perece, ésa es una economía dependiente.

Ésa no es la economía que queremos.

Nos prometieron un país productivo, que habría sido independiente. Como en tantas otras cosas, desde 2004 hacen lo contrario de lo que dijeron.
Las exportaciones “no paran de crecer”, pero sólo porque están tan altos los precios externos: somos dependientes de ellos.
La cantidad de empleados públicos, y con ellos el gasto fiscal, no paran de crecer, en este caso sin comillas. La gente que busca trabajo es dependiente del Estado.
El Gobierno inventa nuevos impuestos que nos sacan parte de lo que habíamos ganado trabajando honestamente y, cuanto más y mejor trabajamos, más nos sacan: somos dependientes de la imaginación de los que trabajan para encontrar formas de sacarle plata a los que trabajan para dársela a los que no.
El número de los jóvenes que eligen emigrar no para de crecer, y en este caso tampoco hay comillas. Ellos dependen de tener que buscarse la vida afuera.
Mucha gente encuentra que es fácil asaltar y robar. Los ciudadanos que querrían vivir en paz dependen de las rejas, dependen de las alarmas, dependen del sereno que contratan, dependen del 222, dependen de comprarse un revólver para defenderse a balazos –y cuando lo hacen, mueren a manos del delincuente o lo matan y van presos.
Muchos sindicatos piden lo imposible y, cuando no lo consiguen, paran y ocupan lugares de trabajo. Los demás dependemos de las exigencias sindicales.

Ésta no es la sociedad que queremos.

Queremos una sociedad donde volvamos a tener industrias que den empleos decentes, y así el mercado de trabajo remunere al que trabaja y vayan desapareciendo los trabajos que son casi mendicidad a medida que la gente vaya teniendo alternativas mejores que recoger basura o limpiar parabrisas en las esquinas.
Queremos una sociedad donde los jóvenes tengan opciones razonables dentro del país para que no se sigan yendo.
Queremos una sociedad que sea capaz de innovar, de buscar cosas nuevas, de exportar y de producir para el mercado interno.
Queremos una sociedad donde los sindicatos funcionen democráticamente y no cierren empresas donde 15 querían quedarse con ella mientras otros 47 preferían seguir trabajando como antes pero no los dejaron decirlo.

Esa será una sociedad independiente, que busca y encuentra sus caminos y los transita.

Para hacerla hará falta mucha firmeza y llevará bastante tiempo porque el actual Gobierno las tuvo todas a favor pero las hizo todas en contra. Y todavía faltan 27 meses para que se vayan a sus casas.
Los invito a que aprovechemos esos meses para discutir esos caminos que el Uruguay deberá transitar porque la cosa está en el “cómo hacerlo” y ése “como hacerlo” hay que construirlo entre muchos en un diálogo democrático y serio.